Donde crece el peligro, crece también la esperanza

2026/01/28
Foto: Mediabask
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La acción sindical clásica y el llamado “sindicalismo del día a día” que encarnan estos dos ejemplos comparten una misma fortaleza: vincular la defensa individual de derechos con las luchas colectivas. Esta forma de acción permite obtener numerosas victorias, ya permite dar solución a muchos de los problemas individuales. La esperanza se nutre, precisamente, de la experiencia de que las cosas se pueden cambiar. Ya sean pequeñas o estructurales, estas victorias impulsan una victoria aún mayor: poder combatir la resignación y desbloquear la idea de que, organizándonos, todo puede cambiar.

Malika Peyraut Foto: Iparraldeko HItza

Malika Peyraut, portavoz de la asociación Alda

 

 

[Este artículo se publicó en la revista "Alternatives Non-Violentes" en el nº 217 de Diciembre de 2025]


Hablar de crisis no es hablar de apatía. Dos ejemplos de Euskal Herrias lo ilustran con claridad: la historia singular del sindicato ELA, reestructurado durante y tras el franquismo y que se ha convertido en el principal sindicato de Hego Euskal Herria, con una clara identidad de clase, anticapitalista, ecologista, antirracista y transfeminista; y la más reciente trayectoria de la asociación Alda, nacida en Ipar Euskal Herria para defender a la gente de los barrios y nucleos populares. La experiencia de ambas organizaciones, desarrollada en contextos distintos, ofrece aprendizajes comunes y planta cara al derrotismo.

ELA: de la clandestinidad a la mayoría

En 2023, el sindicato ELA, con sede en Hego Euskal Herria, protagonizó en Novaltia, la empresa de distribución farmacéutica, la huelga más larga de Europa: tres años y ocho meses. Aunque el territorio vasco representa apenas el 5 % de la población del estado español, ELA concentra el 50,36 % de las huelgas llevadas a cabo en dicho estado. Más allá de su impresionante capacidad de presión, destaca también su fuerza afiliativa: el sindicato cuenta hoy con 104.000 personas afiliadas, casi el 10 % de la población asalariada en activo del territorio. Trasladadas estas cifras a la realidad francesa, equivaldría a que la CGT contara con más de 2,5 millones de personas afiliadas. ELA logra este nivel de adhesión reafirmándose —congreso tras congreso— como un sindicato de clase, anticapitalista, transfeminista, ecologista, antirracista y radical.

La célebre frase del poeta Hölderlin, retomada por Edgar Morin —«Donde crece el peligro, crece también lo que nos salva»— encuentra una de sus mejores expresiones en el recorrido del sindicato ELA. Fundado en 1911, se inscribe inicialmente en la doctrina social de la Iglesia y en la idea de armonía entre clases, más que en la lucha de clases. Durante sus dos primeras décadas, el sindicato desarrolla múltiples actividades —acción sindical, pero también cooperativas, mutualidades profesionales, ayuda social, etc.— y había alcanzado una afiliación cercana a las 50.000 personas cuando Franco da el golpe militar y estalla la guerra civil.

ELA se compromete entonces con la defensa de la democracia: numerosos militantes mueren en el frente o son fusilados; otros son condenados a prisión, al exilio o al silencio. Es en este contexto de clandestinidad absoluta —en el que tener un simple folleto de Marx podía costar la vida— donde se organiza no solo la supervivencia del sindicato, sino, sobre todo, su profunda transformación. En plena dictadura, sin los medios de comunicación actuales, en pequeños grupos clandestinos y en un contexto en el que el franquismo parecía inquebrantable, militantes del sindicato se forman y se organizan para sentar las bases de los principios que explican su posterior éxito, fruto de una mutación radical.

En 1976, un año después de la muerte de Franco, ELA afirma en su III Congreso su identidad de sindicato nacional abierto a todas las trabajadoras y trabajadores del País Vasco. Se afirma como sindicato de clase, socialista, internacionalista e independiente de los partidos políticos y adopta las decisiones organizativas que resultarán clave en su devenir.

La primera, apostar por la autonomía económica a través de las cuotas de afiliación, que hoy representan el 93 % de su presupuesto. En una elección considerada contraintuitiva en su momento, ELA fija una cuota relativamente elevada para un sindicato obrero (en torno a 27 euros mensuales en la actualidad). Esta apuesta le permite crear una caja de resistencia única en Europa: cuando se convoca una huelga, las personas afiliadas que hacen huelga reciben una compensación que oscila entre el 105 % y el 210 % del salario mínimo. Se trata de un instrumento de presión de primer orden frente a la patronal, consciente de que las trabajadoras y trabajadores pueden sostener conflictos durante meses, incluso años.

Otra decisión estratégica fue la adopción de un modelo organizativo integral (confederal) centralizado, con el fin de evitar el anquilosamiento o que sectores profesionales condicionen el sindicato para defender sus intereses particulares. Este modelo ha permitido a ELA impulsar transformaciones profundas y organizar a sectores precarios tradicionalmente poco sindicalizados, altamente feminizados y con una importante presencia de personas migrantes: camareras de piso en hoteles, personal de limpieza viaria, etc.

Alda: hacer oír la voz de quienes no son escuchados

Mismo idioma, otro contexto. Al otro lado de los Pirineos, en Ipar EH, militantes de la Fundación Manu Robles-Arangiz —vinculada al sindicato ELA, pero que no existe en Iparralde en forma de sindicato— y de la asociación ecologista Bizi llegan a una constatación compartida. Por un lado, las estructuras tradicionales de solidaridad, como las iglesias o los sindicatos, han perdido peso, erosionadas por décadas de neoliberalismo. Por otro, la desilusión, el empeoramiento de las condiciones de vida y la sensación de desprecio y abandono alimentan el auge de propuestas reaccionarias.

Ante este panorama, las y los militantes de ambas organizaciones tomaron la iniciativa e impulsan la creación de una nueva estructura capaz de reactivar la acción colectiva, partiendo de las preocupaciones inmediatas y materiales de la gente. Alda —que significa “cambiar” en euskera— nace en octubre de 2020, en plena crisis del Covid-19, cuando las movilizaciones sociales estaban prácticamente paralizadas.

Sin embargo, en apenas unos meses, Alda despertó un gran interés y se convirtió en una de las principales organizaciones militantes de Ipar EH, prueba de una necesidad existente. Su periódico en papel, centrado en la vida de los barrios, se distribuye gratuitamente en 41.000 ejemplares en todos los barrios populares del territorio. Se han creado colectivos vecinales en distintos nucleos del territorio para elaborar estrategias de defensa de derechos y de solidaridad. En las sedes de Alda en Baiona, Hendaia o Donibane Lohizune, equipos de personas voluntarias reciben cada semana a quienes afrontan problemas cotidianos fuera del ámbito laboral. En 2024, Alda acompañó a 900 personas y familias y obtuvo numerosas victorias concretas.

Este trabajo de base ha proporcionado a Alda una capacidad inédita para detectar y trabajar las tendencias de fondo que se están dando en el territorio. Así fue como la organización identificó la vivienda como el principal problema de los sectores populares y comenzó a desarrollar campañas específicas. El valor añadido de Alda reside precisamente en su capacidad para transformar conflictos individuales en luchas colectivas: cuando varias personas sufren una misma injusticia, se construye una movilización colectiva que combina incidencia política, acciones mediáticas, desobediencia civil no violenta y estrategias jurídicas para abordar las causas estructurales del problema.

De este modo, en menos de cinco años, Alda ha logrado importantes victorias estructurales en el ámbito de la vivienda, entre ellas:

  • La aprobación de una ambiciosa normativa en el ámbito de Euskal Hirigune Elkargoa, que pone fin a la conversión de viviendas de uso habitual en alojamientos turísticos permanentes tipo Airbnb.
  • La adopción en la Asamblea Nacional francesa de la ley Echaniz-Le Meur, conocida como “ley anti-Airbnb”.
  • La aplicación del control de los alquileres.
  • La puesta en marcha por parte del Prefecto de un dispositivo inédito en en estado francés contra los contratos de alquiler fraudulentos.
  • La creación de una bolsa de intercambio de viviendas en el parque de vivienda social.

«La esperanza se alimenta de la convicción de que las cosas se pueden cambiar. Por eso Alda se esfuerza en visibilizar las victorias que obtiene», M. P.

Sindicalismo del día a día

La acción sindical clásica y el llamado “sindicalismo del día a día” que encarnan estos dos ejemplos comparten una misma fortaleza: vincular la defensa individual de derechos con las luchas colectivas.

Por un lado, esto permite que personas que no se sumarían a ningún movimiento por afinidad ideológica se acerquen a una organización militante. Allí descubren mucho más que una solución a su problema concreto: una comunidad de apoyo mutuo, la demostración práctica de la eficacia de la acción colectiva y, a veces, durante un turno de voluntariado pelando patatas, tienen la oportunidad de adentrarse en debates políticos sobre el tipo de transformación ecológica y social radical que habría que impulsar en el territorio.

Y por otro, esta forma de acción permite obtener numerosas victorias, y permite dar solución a muchos de los problemas individuales. La esperanza se nutre, precisamente, de la experiencia de que las cosas se pueden cambiar.

Por ello, Alda cuida especialmente la visibilización de sus logros. ELA, por su parte, publica cada año su anuario de victorias: una victoria cada cuatro días en 2022, 114 en 2023. Desde la persona mayor que consigue sustituir su bañera por una ducha, hasta la familia que gana un juicio contra un propietario que abusa de sus inquilinos, a la vez que un territorio entero le pone freno a la depredación que supone una multinacional como Airbnb. Ya sean pequeñas o estructurales, estas victorias ayudan a combatir la resignación y desbloquear la idea de que, organizándonos, todo puede cambiar.