La soberanía es una relación de fuerzas
"La palabra soberanía aparece en la mayoría de los programas de la izquierda en todo el Estado español. Incluso la Unión Europea ha empezado a hablar de soberanía. Hoy, todos somos favorables a la soberanía, y muchas veces eso significa que el concepto se ha vaciado de contenido.
Pero no siempre ha sido así. Fuera de Euskal Herria, por ejemplo, durante los años del Procés, la izquierda independentista catalana puso sobre la mesa una pregunta que en aquel momento era incómoda: independencia, ¿pero exactamente para qué? Aquella pregunta era una forma de responder al frente patriótico que reclamaba la independencia en abstracto, y tratamos de llenar de contenido material la idea de soberanía: la soberanía reproductiva, es decir, energética, alimentaria, habitacional, cultural o sanitaria, entre otras, debía ser el objetivo de la independencia. El lema era “independencia para cambiarlo todo”.
De trataba, en definitiva, de una propuesta política para poner en manos del pueblo las decisiones que estaban en manos del capital privado y de los mercados globales. Para ello, toda la reproducción de la vida (los cuidados, la vivienda, la energía, la alimentación, incluso la industria) debía situarse en el centro de la economía, y se concretaba qué debía transformarse durante el proceso de independencia: la orientación de la producción, las relaciones de propiedad y la organización de los cuidados y del sostenimiento de la vida, especialmente.
En los años posteriores, tras el fracaso del proyecto independentista y la retirada de la mayoría de partidos, la soberanía se ha vaciado de significado, y hoy muchos de los partidos que se definen como soberanistas no desarrollan ni en sus programas ni en su agenda política estrategias para cuestionar el poder del capital.
Euskal Herria no es Cataluña, pero también existí el riesgo de que ocurra algo parecido. El autogobierno se presenta como un éxito tanto en la CAV como en Navarra: para ello se mencionan indicadores de renta, base industrial o estabilidad presupuestaria. Pero detrás de ese “éxito” se oculta una dependencia estructural: los capitales extranjeros están adquiriendo cada vez más acciones en nuestras empresas, especialmente en aquellas de alta tecnologia, y como consecuencia muchas decisiones estratégicas se toman en consejos de administración situados fuera de Euskal Herria; las políticas fiscales y financieras dependen de las normas españolas y europeas, y debido a las características de la estructura sectorial vasca, las coyunturas internacionales pueden tener un impacto todavía mayor. Todo ello nos deja en una posición muy vulnerable (especialmente ante la transición ecológica) y condiciona qué podemos producir, con qué recursos y, por supuesto, para quién.
Ante esta realidad, las políticas económicas e industriales de la CAV y Navarra no cuentan con herramientas suficientes, ni con voluntad de utilizar las existentes: no se les exige a las empresas que a cambio de las ayudas públicas se garantice la estabilidad del empleo, la inversión local, el compromiso de permanencia en el territorio o la transición ecológica y, como consecuencia, es el sector privado quien toma la mayoría de decisiones que condicionan el futuro de Euskal Herria, mientras las políticas públicas se limitan a respaldarlas.
Aunque existen experiencias y ejemplos muy valiosos en el ámbito de la economía social y transformadora, así como en el municipalismo, el modelo vasco actual está lejos de ser soberano. Y ahora que se está debatiendo un nuevo estatus político en la CAV y la reforma del Amejoramiento del Fuero en Navarra, tenemos una oportunidad para debatir quién debe decidir, cómo debe hacerse y qué y para quién producimos. Porque en este momento ni la clase trabajadora, ni la sociedad, ni las instituciones públicas tenemos capacidad para decidirlo: dependemos de grandes empresas situadas fuera de Euskal Herria, respaldadas además por nuestras propias políticas industriales, en nombre de los criterios de rentabilidad.
En el libro Hacia la República Vasca. Claves para impulsar una estrategia soberanista, publicado por Txalaparta y la Fundación Manu Robles-Arangiz, varias personas hemos querido tomar parte en este debate. En mi caso, planteo que para abordar la cuestión de la soberanía es imprescindible poner el foco en el poder del capital, hacer que la rentabilidad empresarial deje de ocupar el centro de la orientación productiva de la economía, y que sea la reproducción de la vida el único criterio principal; y todo ello constituye una cuestión que debería abordarse mediante el posible nuevo estatus político.
En los próximos meses se hablará de autogobierno. Pero el autogobierno sin soberanía no es autogobierno, y la soberanía no puede ser neutral. Si no existe voluntad de transformar las actuales relaciones de fuerza y de contraponer los intereses de las élites a los de las mayorías, no existe ningún proyecto de soberanía posible".
