¿Y si lo paráramos todo?
Artículo de opinión de Unai Oñederra
[Traducido de la versión original publicada en su blog]
No es una época cualquiera la que nos ha tocado vivir. Puede pasar cualquier cosa. Estamos presenciando hechos que jamás habríamos creído posibles. Esta inestabilidad y esta incertidumbre pueden derivar en cualquier cosa. Está claro que algunos quieren meternos el miedo hasta el tuétano, paralizarnos y empujarnos hacia la distopía. La situación no es ninguna broma: desigualdad creciente, precariedad, deterioro del Estado del bienestar, encarecimiento de la vida, pérdida de soberanía, emergencia climática, militarismo, guerras, catástrofes, individualismo, problemas de salud mental… Y ante todo ello, en ausencia de alternativas claras de bienestar, proliferan las respuestas autoritarias.
No es solo el miedo que nos infunden; la desesperanza también bloquearnos. ¡Es tan inmenso el reto de construir un buen futuro para todo el mundo! Y es así, no lo negamos. Pero del mismo modo que pensando que no se pueden cambiar las cosas podemos quedarnos paralizados y paralizadas, también podemos optar por lo contrario: siendo conscientes de que es difícil transformar la situación, creer que el esfuerzo merece la pena e intentar avanzar, como hicieron quienes nos precedieron. Igual que aquellas generaciones lo lograron, nosotros y nosotras también podemos lograrlo. Las victorias pasadas y presentes nos muestran el camino: la fuerza está en lo colectivo. Sólas y sólos no podemos; colectivamente, sí.
El problema es que, habiendo tantas tareas y tan importantes por hacer, resulta difícil decidir por dónde empezar. Sin embargo, hay ocasiones en las que surge una oportunidad, una reivindicación alcanzable, que nos permite actuar y articular diferentes reivindicaciones. Una reivindicación conectada con los distintos problemas que nos preocupan y que nos orienta en la buena dirección para cambiar las cosas; una reivindicación que, ante un reto de esta magnitud, puede parecer menor en un primer momento, pero que es capaz de activar múltiples claves; una reivindicación que, si se consigue, nos permite tomar conciencia de la fuerza colectiva que tenemos y transformar el miedo paralizante en esperanza transformadora. El salario mínimo de 1.500 euros decidido en Euskal Herria es una reivindicación de este tipo.
Este salario mínimo refuerza la protección social, saca de la pobreza a 165.000 personas, contribuye a un reparto más justo de la riqueza, alivia la situación de quienes trabajan en las condiciones más precarias —especialmente mujeres, personas migradas y jóvenes—, ayuda a reducir las brechas salariales, fortalece la cohesión de la clase trabajadora y favorece la negociación al alza de todos los salarios, también aquellos que se sitúan por encima del mínimo… En definitiva, reduce la desigualdad y refuerza la cohesión social. Como señala Olivier de Schutter, relator de la ONU sobre derechos humanos y pobreza extrema, garantizar una protección social de calidad cierra el paso a la extrema derecha.
Decidir aquí el salario mínimo frena la “erosión silencioso” del autogobierno y el declive del pulso nacional. Frente a la recentralización y la pérdida de autogobierno de las últimas décadas, se nos quiere condenar a estar a la espera lo que puedan dar de sí las negociaciones discretas entre partidos, sabiendo que sin implicación de la soociedad, sin activación social y sin movilización, no se logrará nada de aquello que el Estado no esté dispuesto a conceder de antemano. Decidir aquí el salario mínimo supone avanzar en soberanía, vincula la soberanía con el bienestar social y mejora la correlación de fuerzas del soberanismo, atrayendo también a sectores no abertzales a esta reivindicación.
PNV, PSE-EE y PSN han impedido incluso el debate mismo para decidir aquí el salario mínimo, a pesar de que hemos presentado una Iniciativa Legislativa Popular respaldada por 138.000 firmas. En muchas ocasiones he escuchado a estos partidos hablar de individualismo, de que la gente solo se mira el ombligo, de la supuesta falta de cultura del esfuerzo… pero cuando la sociedad civil se ha organizado para igualar las pensiones mínimas al salario mínimo o para decidir aquí el salario mínimo, han rechazado las iniciativas de la sociedad organizada. Esta actitud de los gobiernos deslegitima a las instituciones y a los partidos políticos, los aleja de la ciudadanía, apaga la esperanza del cambio y de una sociedad mejor y, en ese contexto, alimenta a la extrema derecha.
Este ejemplo demuestra que el autoritarismo no proviene únicamente de la extrema derecha. Quienes reducen la democracia a votar cada cuatro años y rechazan propuestas destinadas a construir una sociedad mejor y a mejorar el bienestar de la mayoría también muestran actitudes autoritarias. Una democracia de calidad exige una sociedad civil politizada, organizada, implicada, movilizada y activa. Eso es lo que también queremos reivindicar y poner en práctica en la huelga general convocada por un salario mínimo propio para el 17 de marzo.
En una situación tan incierta e inestable como la actual, tratan de enfrentarnos entre nosotros y nosotras o con quienes están en peor situación, buscando chivos expiatorios a la situación que padecemos. Y nos señalan a nuevos paganos de la situación. La huelga general por un salario mínimo propio de 1.500 euros, sin embargo, señala a los verdaderos responsables de nuestro malestar: los de arriba.Esta huelga general es una huelga para avanzar en democracia, soberanía, solidaridad, cohesión, protección social y bienestar. Un enorme ejercicio colectivo de empoderamiento para pasar del miedo a la esperanza. Si paramos todas y todos, lo paramos todo. En 1999, con la huelga general por la semana laboral de 35 horas y el salario social, lo conseguimos. Esta vez, también podemos lograrlo. Necesitamos a todo el mundo. También a ti.
